La retirada de las últimas tropas estadounidenses de Irak fue celebrada por Donald Trump como una "victoria" para Estados Unidos. El presidente anunció su satisfacción por el cierre de la misión internacional contra el Estado Islámico, marcando el final de la presencia militar estadounidense en el país. Esta decisión se produce tras años de intervención militar en la región, con el objetivo de combatir el grupo terrorista.

La operación en Irak, que comenzó en 2014, fue una respuesta a la expansión del Estado Islámico. Estados Unidos desplegó miles de soldados en el país, apoyando a las fuerzas iraquías. La retirada se ha visto como un símbolo de la evolución de la política exterior estadounidense, con un enfoque cada vez más en la reducción de la intervención directa en conflictos extranjeros. La decisión también refleja una estrategia de desescalada en la región, buscando reducir la presión sobre las autoridades locales.

Esta acción se enmarca en un contexto más amplio de cambios en la política exterior de Estados Unidos bajo la presidencia de Trump. Durante su segundo mandato, el presidente ha mostrado una tendencia a priorizar la seguridad nacional y la reducción de compromisos internacionales. La retirada de Irak se alinea con esta estrategia, marcando un punto de inflexión en la relación entre EE.UU. Y la región del Medio Oriente.